
1920 - 2009
Descanse en paz. Su obra permanece como testimonio de su talento. Su memoria prevalecerá entre los que admiramos su obra y al gran pensador latinoamericano que fue.


1920 - 2009
Descanse en paz. Su obra permanece como testimonio de su talento. Su memoria prevalecerá entre los que admiramos su obra y al gran pensador latinoamericano que fue.
Llevas demasiado tiempo en este interrogatorio. Pero, no te preocupes, no conoces a esas chicas ni sabes de su paradero. Son meras fotos de desconocidas. Los detectives están evidentemente molestos. Aún así, aguanta, no dejes que eso te intimide.
-¿Estás listo para hablar, basura?
No puede tocarte; quizás te de algún golpe, pero no te puede hacer más daño.
-No podemos seguir así. Muéstrale las fotos. Que se de cuenta de que lo sabemos todo.
¿Más fotos? Cálmate, ¿qué más pueden enseñarte? Es imposible que tengan fotos de ti junto a ellas. El detective que las saca de la carpeta las mira con asco. Quizás es otra cosa, pero no nos adelantemos.
-¡Observa tu obra, hijo de puta! ¿Ahora entiendes por qué te tenemos aquí? ¿Ahora vas a hablar? Lo sabemos todo. ¡Todo!
*
El asesino se aseguró de que los pasillos estuviesen desalojados. Nadie de mantenimiento debía estar ahí a esa hora, pero no por eso se descuidaba. Aseguró la puerta y se dirigió a las neveras. Sacó el cuerpo trémulo de una chica joven, semi-inconsciente, la acarició y palpó su piel. Todavía estás fresca, perfecto. Temí que la espera terminara por congelarte. La colocó en la camilla y se dirigió a la mesa de trabajo. Sistemáticamente fue ajustando los amarres improvisados en la mesa de operaciones. Le acarició el pelo con su mano enguantada. Tendré que ponerte un gorro… la próxima vez no buscaré una rubia. Le selló la boca con cinta adhesiva y aproximó los instrumentos. Pronto pasará el efecto de la droga. Entonces comenzaré a trabajarte.
*
Las nuevas fotos son impresionantes, te comprendo. Debe ser el cuerpo desmembrado de una de las chicas. Sí, en efecto, mira la foto de la cabeza. Dios… ¿quién haría algo así? No es de nuestra incumbencia. El caso es que no lo hiciste tú. Sin embargo, tienes que admitir que hay cierto arte en lo que le hizo en el rostro. Fíjate, parece un arlequín, o por lo menos eso trató de hacer. ¿Recuerdas cuando maquillabas para el taller de teatro? Quizás por eso la policía cree que eres tú a quién buscan. Pero, a decir verdad, tú podrías hacerlo mejor.
-¿Ahora te das cuenta que no hay nada que puedas ocultar? Confiesa, cabrón. ¿Cuándo le sacaste los ojos? ¿Antes o después que la mataste?
¿Qué vas a decir? ¿Acaso te quieres inculpar? Te hice el comentario, pero no era para que pensaras en voz alta. Es una suerte que ese otro hombre haya entrado. Es el fiscal, mejor mantente callado.
-Bueno, detectives, ¿qué tenemos?
-Se rehúsa a hablar. Pero tenemos suficiente para acusarlo.
-A ver déjeme ver ese informe –lo ojeó sólo unos momentos-. Ajá, ya veo. Déjenme a solas con él un momento.
*
Con el bisturí acaricia su piel desde el cuello hasta los senos desnudos. ¿Te gusta? El frío de la navaja siempre es excitante, ¿no crees? Juguetea evitando que el filo dé el primer tajo. Le circula el pezón y en un movimiento maquinal lo corta. La sangre le salpica la mascarilla y las gafas de seguridad. La chica reacciona con un chillido ahogado por la cinta adhesiva. Estás despierta, ya no me divierte hablar contigo. De entre los instrumentos de la mesa escoge el cuchillo de disección grande. No forcejees, no quiero dañarte la cabeza. Con mano cautelosa, procedió a decapitarla. La sangre fue acumulándose por los canales hasta el contenedor. Ya no quiero que me mires. Me sacas de concentración. Agarró el bisturí…
*

Hicieron cortes pequeños y arrancaron la piel para darle forma al maquillaje de arlequín. Se ve bonita… quizás tú no le habrías sacado los ojos. Se vería más impresionante.
-Entonces se llama Felipe Silva, de 30 años; tenemos que usted era paciente psiquiátrico –reacciona, te habló el fiscal-, solía ser maquillista en un taller de teatro, por algún motivo no establecido claramente se tuvo que retirar y ahora está en un programa de rehabilitación vocacional. Trabajando nada menos que en una fábrica empacadora de carne… vaya contraste.
¿Por qué te mirará con rostro paternal? La hipocresía de estos hombres no tiene límite. Seguramente te quiere ver tan frito como los detectives.
-Escuche, usted puede creer que la evidencia es circunstancial. Sin embargo, hay testigos que lo vieron merodeando cerca de donde se encontraron las víctimas. Uno de ellos hizo una descripción que se ajusta a su perfil. Además tiene acceso a las herramientas necesarias y a las neveras. Todo encaja, los forenses sostienen que la piel de las dos víctimas estuvo sometida a frío extremo. Y aún no hemos juntado toda la evidencia.
Los detectives ya te repitieron eso una y otra vez. Están ganando tiempo. No tienen nada contra ti.
-Mire, si confiesa ahora, puedo hacer que se quede en la jurisdicción estatal y la condena probablemente sería cadena perpetua. Si los federales toman jurisdicción será condenado a muerte. Y no crea que el hecho de haber sido paciente psiquiátrico lo salvará de la inyección letal.
Es inevitable sentir vértigo al escuchar sobre la inyección letal, pero recuerda que te quiere intimidar. Además, él sabe que no te puede prometer nada de eso. Es un señuelo aprovechando que no tienes abogado. ¡Mi abogado!
-Quiero un abogado…
-Veo que comprende su situación. Pero según este informe usted rechazó ese derecho.
-No… yo sólo guardé silencio…
-Bien, está en su derecho, el estado le proveerá uno. Pero le aseguro que eso no cambiará las cosas. Es mejor que confiese.
Algo pasó, mira las caras de los detectives. Entraron muy alterados y están pálidos ¿Qué le estarán susurrando al asistente del fiscal? Se está poniendo pálido también.
-Carajo, si es así estamos en problemas…
Nos dejaron solos. Y con las fotos regadas. Ahora las puedes contemplar con más detenimiento. Fíjate, es la cabeza de la otra chica. Esa se ve mejor. Parece que puede perfeccionarse, ¿no crees?
*

-Felipe, ¿estás bien? Ya pronto llegamos a casa.
-Déjalo descansar, pasó un serio mal rato… Por Dios, ¿cómo pudo pasar esto?
Tu cuñada y tu hermano fueron “muy amables” al recogerte. Si tu familia no te ve en televisión cuando el fiscal estaba dando la disculpa pública no se enteran de tu paradero. ¿Te das cuenta? Siempre te lo he dicho; estás solo. ¿Qué tienes ahí? Me sorprendes, lograste llevarte una de las fotos. Estuviste mucho rato solo, supongo que tuviste tiempo de elegir. Buen gusto, por cierto. Esa cabeza fue mejor trabajada que la primera. Es una pena que no hayas podido ver como quedó la tercera. Pero insisto en que tú tienes más talento.
Ya no miras la foto, ¿por qué miras así a tu cuñada? Ah, ya veo. Sí, ¿por qué no? Yo puedo hacerlo mejor…

Este es un cuento que me publicaron como parte de una selección de escritores puertorriqueños para la revista mexicana Colecciones: Publicación Académica y Cultural de la Preparatoria de Jalisco. No hay palabras para describir la emoción de una primera publicación. Le tengo particular afecto porque no es un tema tan oscuro como los que usualmente escribo.
Atascada
Sólo quería que terminara. ¿Vas a seguir así? Por favor,
despierta. No contesté, nunca lo había hecho; pero esa mujer que
lloraba junto a mi cuerpo insistía. Me preguntaba, ¿por qué?
Algún día; es la esperanza que nos queda. La voz de ese hombre
tenía algo que hacía que mis reminiscencias me hicieran ir y venir
en un dejo de incertidumbre. Los miraba desde arriba, no desde la
cama, ausente de sentimientos; tal vez si los tuviera me resultaría
conmovedor el gesto de querer despertarme. Debemos irnos, la hora
de visita terminará en unos minutos. Una vez más, en un tiempo
que no conseguía organizar, salían por la misma puerta que le cedería
la entrada más tarde. Decidí seguirlos, ¿quién me echaría de menos si
mi cuerpo siguiera allí? Mi cuerpo, ese concepto de apropiación me
sonaba tan absurdo. Me descubrí pensando que nunca se me había
ocurrido considerar por qué estaba allí o quién era yo.
Los acompañé en su carro; quizás se espantarían de saberlo.
No creía ser el espectro de un muerto, aunque tampoco creía que para
ellos hubiera alguna diferencia. Aún no había visto nada de eso que
tanto hablan cuando llega la muerte. Los miraba desde aquí, ya no
desde arriba sino en el asiento de atrás. No sé qué me atraía de ellos.
Ya no era sólo la curiosidad de ver por qué regresaban; era esa otra
sensación que me hacía sentir atascada. ¿Atascada? El adjetivo
modificado al género se me escapó sin pensar y entonces advertí que
era mujer. El acto iluso de pensar en ese estado me sobrecogió y no
me di cuenta de cómo llegamos adentro de la que debía ser su casa.
Todo pasa demasiado rápido cuando se está así, como un pensamiento
extraviado.
Ella estaba en una salita; despedía un aura de profunda
tristeza. Desafiando lo imposible, me hizo sentir más emociones;
compasión y coraje. Sostenía una foto de una niña de quizás trece o
catorce años; era linda. Curioso, ella me provocó vergüenza y deseos
de evocar palabras escondidas en alguna parte. ¡Ay, hija! ¿Por qué lo
hiciste? Eras tan inteligente y tan buena. La relación obvia de palabras,
dramatismo y la foto me dieron a entender que entonces la niña era yo…
y ella; mi madre. Puso la foto en una mesita y sacó una libreta oculta
debajo que comenzó a hojear. Quizás si te leo tus poemas a lo mejor
reaccionas. De modo que era poeta. ¿De dónde sacaste esa libreta?
Era el hombre, que se veía bastante molesto. ¡Te dije que no te torturaras
la mente con eso! Esa niña sólo escribía estupideces y eso la llevó a
estar como está. Y a él le molestaba que yo fuera poeta. ¡Ella se
desahogaba escribiendo y quiero tratar de entenderla! Sí, claro, prefería
escribir a hablar contigo. ¿Para qué te molestas ahora? Le arrebató sin
más la libreta y ella quedó allí, una triste y lánguida figura inerme.
Lo seguí hasta un cuarto en donde vi más fotos mías. Él empezó
a hojear con cierto disgusto reflejado en el rostro y cerró de golpe
la libreta. Se sentó en la cama apoyando los codos en las rodillas y
sosteniendo la cabeza como si le doliera. Se halaba los cabellos; no sé
por qué me parecía patético. Abrió una de las gavetas y sacó unas piezas
de ropa interior. Se las llevó al rostro y aspiró con un placer que me
provocó algo similar a la náusea. Todo se volvió de súbito un caos y ya
sólo quería escapar. Pasé al baño, frente a un botiquín, pero no podía
distinguirme en el espejo. Dentro, un frasco de pastillas coqueteaba con
mi angustia y se burlaba de mis deseos de borrar lo que había visto.
Ante mí, se abrió una ventana…
Crucé a un cuarto blanco y, ahí, un cuerpo inerte con mascarilla,
mangas y equipos que apenas logran detectar signos vitales. Atascada
en el clásico debate entre la vida y la muerte. La puerta cede la entrada
a una pareja cargada de angustias ambiguas; caras de culpa y quizás un
falso remordimiento. La señora se acerca a la cama, llora y me pregunta
¿por qué?
Sólo quería que terminara…
El ateísmo y todas esas pendejadas similares nunca me han atraído. Claro, sí soy escéptico; una cosa no tieneque ver con la otra. Y, como a mí se me ocurre pensar en cada cosa, ahora me da con criticar el infierno. Mejor dicho, su existencia.
Todo en la vida es dual: blanco-negro, mujer-hombre, bueno-malo. El caso es que no toda dualidad es simple. Eso de “lo bueno y lo malo” es relativo. Es cuento viejo que lo que es bueno para uno no tiene que serlo necesariamente para otros; igual pasa con la maldad. Ahora, ¿qué es lo que me molesta? Me molesta la aparente carencia de sentimientos o de fraternidad en la otra vida; según detalles profesados por ciertas religiones.
Digo, espero que los más creyentes no sean tan ingenuos como para pensar que al morir todos van derechito al “cielo”. Es más, el papa les cerró el purgatorio; así que, les hizo las opciones más simples: arriba o abajo. Por cierto, ¿Quién ubicó a ciencia cierta en dónde estaba localizado cada cual? (Uff, esa palabrita; ciencia)
Es precisamente esa parte la que no me funciona. Ok, si te lo ganas, vas al paraíso y si no te lo ganas, te vas al infierno. Entonces se dice que, al final, todos seremos reunidos y viviremos eternamente felices. ¡Eeeh! Wrong answer. Obviamente estarán todos los que no se hayan ido a quemar en las calderas de Lucifer. De ahí surge mi pregunta; entonces, ¿los salvos van a ser tan y tan felices (¿escucho campanadas?) que se van a olvidar de sus familiares que sufrirán la tortura perpetua? Digo, si a mí me tocase el cielo (que, a juzgar por este escrito, lo veo difícil) y no encuentro a mi abuela o abuelo, a mi padre o mi madre, o cualquier familiar cercano, creo que me daría un “patatú”. Eso me parece, contrario a la benevolencia paradisiaca, una actitud mala. Claro, puede venir un teólogo a explicarme como funciona esto. Incluso, casi lo oigo repetirme que “el mayor logro del maligno es hacernos creer que no existe”. Pero no se trata de eso, se trata de que alguien quiere venderme verdades a medias o bien quiere que mantenga una fe a basa de miedo al castigo. Eso es hipocrecía. Como dije antes, entender lo bueno y lo malo no es simple…
Se dice que, en la otra vida, todos seremos hermanos… y según parece no habrá lugar para las tristezas, nostalgias y recuerdos. ¡Qué va! Con tanta felicidad ¿Quién se va a acordar del que se quemó?(o se está quemando) En última instancia, él o ella se lo buscaron, ¿no…? Mmm, sorry folks, doesn’t work for me. En fin, esos son pensamientos humanos; a lo mejor allá arriba (o abajo, lo que sea que esté de un lado o del otro) ni me importará, no sé, no me he muerto todavía.
Tal vez Dante dejó algún escrito perdido con su opinión al respecto. La verdad, pasar a la otra vida olvidando a mis seres amados no me cuadra.
Qué raro, de momento hace más calor…
Este es el borrador de un cuento que entregué en uno de los talleres de Cración Literaria.
El otro
Cuando desperté estaba en el lugar del otro. No supe cómo; sólo sabía que me encontraba en medio de la penumbra siendo él. “No, soy yo; pero ¿quién soy?” pensaba mientras palpaba mi rostro… su rostro. Estaba en otro cuerpo, veía a través de sus ojos, escuchaba como escucharía él, sentía con su piel… pero no sabía quién era él. Me alertó la tenue luz de luna que se esforzaba por escurrirse entre las diminutas rendijas de la ventana; esa ventana no debía estar allí, frente a mí, sino del otro lado. Extrañado, me incorporé y miré la hora; las doce y treinta. Un poco desorientado, me esforcé en distinguir los detalles de nuestro cuarto; “¿¡nuestro cuarto!?”. Extendí mi mano, entre timidez y temor, y la toqué. La puse en una de sus nalgas. Pude sentir su tibia piel; no la distinguía bien en la oscuridad, pero supe que las emociones que me provocaba aquella piel lograban estimular al cuerpo extraño en el que me encontraba. Y ella; bueno ella me respondió con un ronroneo que no era común. Entonces musité, “Dios, si este no es mi cuarto… ¿quién será esta mujer?”
-¿Qué estás murmurando? -me preguntó aquella voz, terriblemente familiar. Aquella voz de mujer, que logró que me invadiera un miedo apabullante. Un sudor frío irrumpió, y una corriente me bajó desde la parte alta de la espalda, provocando un temblor instintivo. Se esparció por todas las extremidades del cuerpo invadido como oleaje de angustia. Era ella, no mi mujer, sino la mujer de la cual me había obsesionado desde que la trasladaron a mi oficina. La mujer que me cautivó con una mirada ingenua, como pidiendo auxilio. La mujer del otro. Estaba por fin junto a ella, no como colegas en el banco, sino en la privacidad de un cuarto. Pero eso debía ser imposible.
Horrorizado, en un gesto de idiotez y desespero, comencé a palparme el rostro al comprender lo incomprensible. “No soy yo, no soy yo” murmuraba con las manos cubriéndome el rostro, deseando despertar de un momento a otro de una cruel pesadilla. Porque, si bien ocupaba aquel cuerpo, en realidad no sabía nada de él; cómo pensaba, cómo se comportaba, cómo le hablaba a ella. Si fuera un sueño, eso no me importaría; me entregaría al placer de tenerla. Desorientado, con un torbellino de ideas incoherentes en la cabeza, traté de mirar su silueta entre el velo de sombras. La vi; apenas percibía el hermoso trazo de sus curvas en la oscuridad. Y me vi tentado a dejarme llevar por el deseo; después de todo, ella pensaría que era el otro. Pude aprovechar el momento. Quizás pude amarla. Tal vez titubeé en vano; pero no podía tocarla sabiendo que ella estaría pensando en el cuerpo que yo habitaba en ese momento, el cuerpo del otro… no en mí. De todos modos, todo era demasiado confuso.
-Qué raro –me dijo, con aire adormecido -normalmente caes roncando; se te cae el mundo y no te das cuenta, ¿qué te pasa?
-No me pasa nada –le dije, tratando de disimular un tono de voz que no era mío. Pero ella insistió… Se desperezó y encendió una lámpara. La realidad del cuarto extraño, en ese momento que se hizo la luz, me invadió como avalancha de emociones desconcertantes. Los pulmones se me comprimieron, dejándome apenas respirar. Me llevé la mano al pecho, tratando de calmar un corazón que amenazaba con reventar. Un vértigo inexorable se apoderó de mí mientras pasaba la vista por aquel cuarto extraño. Pero ella estaba junto a mí; así que, con un gran esfuerzo, me calmé un poco.
-Bueno, sentí tu mano; estás buscando, ¿no? -dijo con una mezcla de tristeza y sarcasmo que no podía comprender- hace tiempo que no me tocas así, ya no sé lo que nos pasa… pero si quieres acercarte…
-No, no me siento bien, no es el momento –me apresuré a responder.
-Comprendo… ¿Sabes qué? tienes razón, deberíamos aprovechar este desvelo tuyo para hablar de nosotros- dijo, incorporándose y tornándose seria
“¿¡De nosotros!?” Pero, ¿qué sabía yo de la situación de ellos? Claro, ella tampoco sabía que yo no era yo; por lo menos no el “yo” que ella veía. Así que tenía que salir de la confusión y pensar algo rápido. Tenía que evitar que mi presencia en aquel cuerpo desatara una serie de consecuencias irremediables. Yo quería a aquella mujer. Y, de momento, tenía que preocuparme por evitar hacer algo que forjara el camino de la perdición para el otro. No podía adivinar como reaccionaría ella. Traté de recordar cada conversación, cada queja silenciosa que se leía en sus ojos, la necesidad de amor. Pero ni siquiera esas charlas que tuvimos me daban una idea clara de qué decir. Sólo desviaban mi atención hacia mis deseos. Inevitablemente, me hicieron recordar la vez que le declaré mis sentimientos, y ella, amablemente, me dijo que no podía ser. Aún tenía esperanzas de que su matrimonio mejorara y que no sería justa con el otro si no le daba esa oportunidad. Me aconsejó que también tratara de darle una oportunidad a mi relación… pasaron meses desde ese día. Mi oferta seguía en pie, aunque en silencio. Ella, no se decidía… y todo convergió en ese momento en que, quién sabe que fuerza, nos puso frente a frente en una misma cama.
Lo importante era evitar una catástrofe a toda costa; ella quería un diálogo que yo no podía entablar. Decidí entonces que lo mejor sería evadir como fuera posible aquella conversación. Con gran esfuerzo, logré mirarla a los ojos.
-No creo que sea buena idea hablar de eso ahora –dije, lo más cariñoso posible- como ves, no me siento bien y…
-Siempre es lo mismo, nunca te sientes bien.
Primer error, y ni siquiera lo vi venir.
-Pero tu misma te das cuenta de que no es normal que esté despierto a esta hora –le dije, flaqueando.
-No, no es normal. Como tampoco es normal la manera tan indiferente en que has actuado todo este tiempo, ¡estoy harta! –Dijo amargamente-, ya nada es igual y tú sigues como si no te importara.
-No es que no me importe; hoy por lo menos realmente no me siento bien…
Me miró molesta.
-¿Hoy? ¿Realmente? ¡Entonces, por fin aceptas que estás indiferente!
Ya conocía ese tono. La había visto un par de veces de mal humor en el trabajo. Ese tono que comenzaba con un tenue susurro, algo casi gutural que se arrastraba desde su pecho, tenso de emociones prestas a dispararse; ahora apuntaba ese coraje hacia mí… aunque ella no lo sabía.
-Bueno, no sé, quizás me has malinterpretado, tengo mucho trabajo y sabes que eso provoca mucho estrés.
-¡Nunca en tu vida habías usado una excusa tan idiota! ¡Tú vives por ese trabajo como si nada más te importara!
Segundo error, traté de defenderme con argumentos del otro.
-Perdóname, ya te dije que no estoy bien…
-¡Nunca estas bien! ¡Nada está bien! ¿Qué no te das cuenta que nuestra comunicación es nula, cero? Ya apenas me hablas, aunque sea de tu trabajo…
No sabía qué hacer, estaba perdiendo el control de la situación; si es que en algún momento lo tuve. No pude evitar enredarme en la discusión. Jamás imaginé que la situación entre ellos fuera tan tensa. Y allí estaba yo, en el otro, recibiendo una descarga de indignación concentrada. Guardé silencio un momento buscando que decir, o la mejor forma de callar. De nuevo, ella malinterpretó mi actitud. Se me acercó; sentí su cabeza reposando en mi hombro. “Si por lo menos fuera mi hombro” pensé, mientras sentía la garganta ahogándose en un nudo que ataba mi amargura, condenada a asfixiarse en aquel cuerpo extraño.
-Perdóname, yo también estoy tensa –dijo- es que me siento sola. Ya ni sé si me quieres como antes.
Me habló en un susurro; esta vez, delicioso. Se sentía triste pero, de igual forma, había un dejo de pasión reprimida, oculta en sus palabras. Yo quise responder, pero la conciencia no me dejaba. Quizás estaría haciéndole un favor al otro, pero juzgaba que la estaría engañando; me estaría engañando.
-Amor, es mejor que nos acostemos. Quizás mañana podamos hablar –le dije, con cierta ternura, mientras la separaba de mí. Ella me miró con tanta aflicción que me dolió el alma sostener aquella mirada y bajé la cabeza.
-Ahora ni puedo tocarte, y tú, ni siquiera puedes sostenerme la mirada.
-No es eso, estás malinterpretándolo todo…
-¡No, claro! ¡Si yo siempre soy la que no entiende! –dijo, volviendo a encenderse- ¡Siempre tengo que tragar y tragar! ¡No podemos hablar de nada! ¡Nunca hablamos de esto! ¡Nunca hay tiempo para nosotros! ¡Nunca hay tiempo para mí, coño!
-Baja la voz, por favor, mira la hora que es…
-¡A mí qué carajo mi importa la hora! ¡Me importa lo nuestro! ¡Pero tú siempre te sacas de la manga algo más importante!
No sé qué fue. Creo que fue su tono de voz, las palabras soeces que nunca le había escuchado; su forma de alzarle la voz al otro. La realidad es que yo también estaba perdiendo la paciencia. Estaba recibiendo un vendaval de reproches que no me correspondían. Me descontrolé…
-¡Mira, yo sólo he querido tratarte con respeto…!
-¿¡Respeto!? ¿De qué demonios hablas? ¿Qué clase de respeto es ese de ignorarme como a una plasta de mierda?
Tercer error: me defendí. Le hablé como si ella supiera que se trataba de mí y no el otro.
-Esto no está funcionando –pensé en voz alta, mientras me llevaba las manos, desesperado, a la cabeza. Y, mientras me halaba el pelo, maldije en mi adentro la hora en que se me fue el cuarto y último error de la noche. Ella pareció derrumbarse, sus ojos se llenaron de lágrimas que corrieron como surcos, abriendo heridas en su alma, y yo me sentí como la pila de mierda que ella mencionó. Yo no me refería a su matrimonio, sino a mi fantástico plan de escaparme del diálogo, pero ella no lo sabía y yo no tenía forma de explicarle.
-No me mal entiendas, no es lo que tú crees. No quise decir eso.
-Creo que ya no tengo nada que entender –dijo, con voz ahogada, y yo me sentí destruido-. No, esto no está funcionando. No te conozco, hay algo en tu mirada que no alcanzo a comprender. Por favor, déjame sola. Esta vez, si voy a estar sola, que sea sin tu presencia…
-Pero, ¿quieres que me vaya? –le dije un poco asustado. Todo estaba mal. Yo no sabía si volvería a mi cuerpo, no sabía si todo era una maldita pesadilla, no sabía cómo demonios podía pasar algo así.
-No quiero perderte –dije, ahogando también las palabras. No pude evitarlo, hablaba por mí, no por él… y quizás lo salvé.
-No sé si esto vale la pena ya… yo tampoco quiero que acabe así, pero menos quiero vivir de esta forma. Por favor, necesito estar sola.
Me levanté, tomé instintivamente la almohada y me fui al sofá. Me sentí extraño caminando por aquel pasillo desconocido; regresó el vértigo que sentí en el cuarto. Pasé por la cocina, el comedor y llegué a la sala. Mientras más caminaba más difícil se me hacía orientarme. Me sentía perdido en aquella casa ajena. Cuando por fin llegué al sofá, la cabeza me daba vueltas y los párpados me pesaban. Miré el reloj de la sala; la una de la madrugada. Me recosté en el sofá y casi de inmediato perdí la conciencia.
Todo eso fue hace media hora…
Hace apenas unos minutos abrí los ojos. Estaba de nuevo en mi cuarto. La luz que se escurría por la ventana no era la de la luna, sino del farol que había frente a mi casa. Me levanté, quedé sentado en el borde de mi cama (sí, mi cama, mi cuarto, mi cuerpo). No pude evitar mirar a la mujer que estaba junto a mí; mi esposa. Me preguntaba quién dormiría en ese cuerpo. Se me hacía muy difícil sacudirme el recuerdo de aquel acontecimiento; no podía evitar preguntarme si habría sido real. Fui al baño a lavarme la cara; acto inútil de aclarar mis pensamientos. Me miré, turbado, en el espejo del botiquín, sintiendo la necesidad de asegurarme que realmente era yo. Tenía miedo de dormirme y despertar de nuevo en otro cuerpo. Con esa madeja de pensamientos, regresé al cuarto. Una tenue luz en la mesita de noche llamó mi atención. Era mi celular; alguien llamaba. Verifiqué quién podía ser a semejante hora de la madrugada.
Sentí que la sangre se me helaba al ver aquel número. La agitación que antes me invadió en un cuerpo extraño, hizo acto de presencia en el mío. Mi pecho se comprimió con violencia y mi corazón y pulmones redoblaron el paso al grado de desespero. Contesté el celular fuera del cuarto. Era ella…
-Hola –dije, tratando de evitar el temblor que se notaba en mi voz.
-Hola… soy yo… perdona que te llame a esta hora –me dijo, ahogando un sollozo.
-No te preocupes, dime, ¿qué sucede?
-Es que… bueno, tenías razón. Siempre la tuviste –dijo, en tono más calmado, pero firme-, no sé si me comprendas… o si tus sentimientos siguen ahí… pero te necesito. Perdóname, pero te necesito más que nunca… espero que no sientas que te estoy usando… al menos, dame una oportunidad…
La realidad nunca fue igual desde esa noche. Quise hacerle mil preguntas, confirmar mis temores; sabía que la movía el despecho. Pero, aunque todo parecía jugar a mi favor desde entonces, jamás me atreví a confirmar mis temores y preguntar dónde durmió esa noche… el otro.
La sombra de tu nombre se esconde tras de mis labios
Pero, por más que intento, no puedo iluminar tu presencia
Recuerdos oscuros,
sombras de un pasado que no puedo capturar.
Estigma sangrante
en el cosmos de emociones insensatas.
Paradoja siniestra
de un rostro entre nieblas.
un corazón desconocido
pesadilla que incita
una unión tan profunda
pesadilla hecha mujer
La locura amenaza con condenarme
a la perenne búsqueda de tu presencia en mi presente.
Pero tengo que resignarme al destierro onírico que te sepultó en otro tiempo.
Mientras, la necedad de buscar un rostro en las calles mantiene
una duda
una imagen
un recuerdo
un nombre
y una pregunta que resuena como eco perpetuo
como grito hacia el pasado que castiga mi lucidez
y permanece en calabozo espectral repitiendo una y otra vez:
¿Quién eres?
¿Quién eres?
¿Quién eres?
¿Quién eres…?
Un clisé nocturno: luces, carros, bullicio y música. Visión etérea que inunda los sentidos y yo, cual pieza que no encaja, conduzco ajeno al todo. Minutos antes una voz femenina me pidió ayuda; el trivial suceso de un carro averiado frente a una farmacia reclamó mi atención. Mientras me dedico a mi intento de buena acción de la noche, recibo el aluvión de quejas, problemas y sufrimientos de una desconocida. Posiblemente le hice mejor bien a ella que lo que pude hacer un carro destinado a ser arrastrado por una grúa. La dejé allí, en segura espera de algún familiar que no existía hasta que yo di mi evaluación del problema, y me lancé a la noche. Las estrofas de una canción se iban desarrollando y no pude evitar escuchar una crítica:
No, no había contado con ese retraso cual compromiso no planeado. Pero así es el caos de eventos que desata la existencia.
La música me iba llevando a una especie de sopor indescriptible y lo real se volvió fantástico… o acaso fue al revés.
Una pelea se desató en uno de esos negocios en donde las pasiones se encienden y recogen todos los matices necesarios para una erupción de emociones concentradas y estimuladas por el consumo de los elixires intoxicantes del mundo subterráneo. Mi interés es nulo, solo evitar tropezar con los curiosos. El evento me parece una página en blanco.
And I’m looking at a blank page now
La melodía continúa en mi radio. Empeñada quizás en llevarme cada vez más lejos de allí. Luces, ruidos, gritos y música; el semáforo es el único ente inanimado que trata de mantener la cordura. De pronto mi alma se enciende y corre detrás de un sueño perdido y, sin relación alguna con el caos circundante, la melancolía me ataca. Entonces, me doy cuenta…
I bare my soul but she don’t hear
Es uno de esos momentos en que extraño mi guitarra. Y la página en blanco que de súbito se quiere llenar. Un conjunto de letras ubicadas, esclavas del orden del lenguaje, pretenden plasmar las emociones que el alma no se aventura a dejar escapar; o que la cautela condena al silencio. Silencio impuesto, porque no hay quien escuche.
Nothing rises from my feet of clay, but it’s OK
Red mist spreads across my fingertips, ardor slips
Me desconecto del todo. Ya nada en el entorno logra capturar algo de mi atención. Las imágenes son borrosas, luces pasajeras, ecos lejanos, yo en mi carro alejándome. El pasado se apodera de las imágenes que dejo atrás y la memoria de sonidos caóticos queda condenada al olvido.
Don’t look back into black
Don’t let the memory of sound drag you down
El sonido repetitivo de un melotrón invade mis sentidos en una cadencia monótona hipnótica. Me hace entregarme a la conciencia interna y me invita a apagar los sentidos comunes, frágiles ante el embate externo.
Don’t look down
Shut it down
Todo queda atrás. Nada sobrevive el movimiento del tiempo. Y, tras esta canción, se esconde un secreto que no logro discernir… o enfrentar. Me hundo en la noche, me vuelvo parte de las sombras y ya nada del exterior importa… hasta que termina y comienza de nuevo la canción.
Luego recuerdo por qué amo tanto esta música…
Letra de la canción:Mellotron Scratch
de: Porcupine Tree
CD: Deadwing
Cosas que pasan; nunca me dejé arrastrar por el fenómeno de My Space y terminé sembrado en Facebook. Y yo que pensaba, como algunos amigos míos, que My Space era algo Nihilista (por cierto, muchos de ellos también sucumbieron al embate de facebook).
En fin, qué se puede decir malo de facebook, aparte de que es una enorme manera de matar el tiempo (o perderlo, por supuesto). No deja de ser un fenómeno interesante y cada día promueven medidas que fortalecen su seguridad. Realmente uno encuentra amistades que hacía tiempo no veía y los grupos que se forman tienen cierto atractivo. Por otro lado, la comunicación que se establece a través de facebook ha llegado a ser para algunos usuarios un sustituto del tradicional e-mail (está por verse que tan profundo sea el efecto de esto sobre el mencionado sistema tradicional). En fin, una red dentro de la red que cada vez se hace más grande y poderosa; las posibilidades de intercambio de información seguras posiblemente no tengan límites.
Ahora bien, el problema: por Dios, ¿¡cuántas aplicaciones más le van a añadir al sistema!? Es increíble la cantidad de aplicaciones que realmente no abonan en nada más que al aletargamiento frente a la máquina. Guerras de vampiros, hombres lobo, zombies, etc. (lo confieso, era un adicto a ese juego). ¿De qué sirve? Más cuando el mayor problema es que se vuelve realmente adictivo. Es tanta la mezcla de utilidades y aplicaciones de buen uso con las que son realmente extensiones al ocio que uno termina rechazando el resto de las invitaciones a aplicaciones que llegan constantemente. Quién sabe cuántas buenas se pueden perder por culpa de esto.
De las buenas, hay que resaltar la inclusión del Messenger de Hotmail, Limewire y Pandora genome internet radio, como ejemplos de la variedad de aplicaciones que tienen algún uso aparte del ocio. Las aplicaciones para las “mil y una maneras” de enviar mensajes no están mal; después de todo fomentan la creatividad y es seguro que a las chicas que les encantan los detalles les fascina que sus enamorados den rienda suelta a su imaginación. ¡Ah! Y que no se quede fuera You Tube, que ya era bastante adictivo.
Facebook vs. El buen y venerable Blog
Estamos en una época donde la comunicación cibernética alcanza proporciones astronómicas (valga el clisé). Se ha dicho en varias ocasiones, y he escuchado a serios conocedores de literatura, hablar del fenómeno positivo que resulta ser el blog. Sin embargo, ¿será el Facebook realmente una extención de ese crecimiento cultural cibernético? Porque, si bien tiene usos muy favorables y justificados, no es menos cierto que tiene un alto contenido de material que solo aporta a matar el tiempo y fomentar el problema de la adicción cibernética que también se comenta tanto.
En un blog uno publica lo que quiera y como quiera. A muchos les gustará a otros no; pero sigue siendo “tú bitácora”. Facebook es un espacio de intercambio y de detalles y de muchas chulerías; pero no deja de ser una versión más abierta al público (o más atractiva) que My Space. El blog es un espacio personal en donde tú decides a quién recibes, a quién le permites publicar y a quién y cómo respondes a los comentarios que recibas. En facebook se puede hacer esto, claro que sí, pero quién realmente se fija en ese tipo de publicaciones o, peor aún, quién se molesta en escribir un artículo de mayor o menor escala cuando todo lo resuelve con una notita, un you tuve, una carita, un huevo para tres días, una flor para tres o cuatro días, etc. Todo esto fomentado por la acumulación de puntos y el aumento en “status”; lo que hace de facebook una carrera por estar bien “ranqueado” dentro de la red.
¿Nihilista? Tal vez un poco. ¿Adictivo? Definitivamente. ¿Útil? Claro, ¿por qué no? Realmente tiene muy buenos usos. Pero, ¿Qué hay que tener disciplina en su uso? ¡¡Ooooh!! Indiscutible.
A fin de cuentas, para nosotros los amantes del arte de escribir, el blog supera por mucho a fecbook. Desde la simple posibilidad de cambiar plantillas a gusto, hasta la compleja gama de publicaciones, escritos, desvaríos conscientes e inconscientes, fotos y enlaces, el blog no deja de llenar las expectativas del buen “bloguero”. Mientras que el facebook es una colmena de abejas zumbando por el ciberespacio, el blog es un oasis para los navegantes cibernéticos reposar y salir de la rutina.
¡Ups! Se me zafó esa… ¿se convertirá facebook en una rutina más? Está por verse en que terminará este drama.